25 mayo 2013

NO ESCRITORES - TALLER DE INTRUSIÓN

¿Le interesa un taller de intrusión para no escritores?
¡ATENCIÓN NO ESCRITORES!

Próximamente daremos inicio al 
TALLER DE INTRUSIÓN PARA NO ESCRITORES 
(y sin lugares).

No Escritura / Itinerante / Urbano / Contemporáneo /

Quienes deseen mayor información de esta actividad pueden comunicarse con nosotros en:

noescritores@gmail.com


Estén pendientes de esta página para más información al respecto.

(Así, un taller como quien toma el sol en el Eje Ambiental)

14 febrero 2013

Ridiculez


Cierto día el Maestro se encontraba de camino hacia ningunaparte, en horas donde no muchos transitan y hacen uso del transporte público. Al subirse, escogió puesto contra una ventana, casi al fondo del autobús. Se disponía a enajenarse con la música que lleva en su teléfono celular cuando vio subirse a un joven que le llamó su atención. No muy alto, no muy flaco, no muy apuesto. Digamos que un joven muy promedio, de los que pasan desapercibidos en cualquier aglomeración. Había varios puestos vacíos pero el azar hizo que se sentara en el que estaba libre frente a donde iba el Maestro. Cabello limpio pero enmarañado, el joven inmediatamente se puso a mirar la ciudad por la ventana. Y comenzó a decir cosas. El Maestro observó a los demás pasajeros pero se percató que nadie más venía con aquél. Hablaba solo. Ah, curiosidad morbosa la del Maestro. Dejó la música para más tarde y se acomodó de tal manera en su puesto que alcanzaba a escuchar con cierta nitidez las palabras del joven, que iban brotando erráticamente entre algunas apreciaciones del paisaje urbano y acotaciones de lo que podía ser el día que llevaba vivido. Poco a poco el Maestro, en su acto de voyeur auditivo, fue hilando ideas hasta armar el contexto del joven. Estaba despechado. Sus palabras eran un caudal de improperios contra una mujer –que para el Maestro era apenas un bosquejo– amada profundamente pero de igual manera odiada. Oh, los afectos, susurró el Maestro. Pero había algo curioso, y es que el joven no parecía desdeñar de la posible mujer que le había acabado de destrozar su tierno corazón, sino que  parecía dirigirlas sobre él mismo, en un acto de sevicia emocional. Sus ataques feroces daban cuenta de una relación imposible –¡pero si todas lo son!–, al parecer, por cuestiones de la edad. La mujer, que ahora el Maestro imaginaba como una adolescente en estudios de secundaria, le dio a entender al joven que esa diferencia era insalvable. Luego, el joven se echó en cara todos los halagos que alguna vez ella le había dado, posiblemente en un arranque furibundo de apasionamiento descontrolado, y que ahora eran los cuchillos que él mismo se enterraba. Casi que se podía percibir el aroma de la sangre. La virulencia con que murmuraba asustó un tanto al Maestro, temiendo una masacre o tal vez un secuestro que terminaría con un “tiro de gracia” en la nuca. Pero era más que imposible. El joven apenas se movía de su puesto para girar la cabeza y observar a las personas, a los autos o tal vez a las nubes que se acumulaban en el cielo de la tarde. Acariciando suavemente su mentón lleno de una barba espesa, el Maestro pensó que aquel joven podía no ser tan joven como pensaba pues reparó en ciertas expresiones que son poco utilizadas por las personas jóvenes de hoy en día. Obcecado, vehemente, abstruso –y esa le sorprendió mucho–, anodino, resabiado. O era de esos que se encerraban a leer todas las novelas del siglo XIX y se aprendía de memoria los gestos de los personajes principales, o definitivamente disimulaba muy bien su edad dentro de un cuerpo que le generó cierta envidia al Maestro.  Al verlo subirse al bus, el Maestro sintió una especie de condescendencia por ver a un supuesto joven achantado y contrahecho. Ahora lo que sentía el Maestro por aquel tipo era una mezcla de animadversión –que aquél bien podía haberse enterrado en la sien derecha– y repulsión. De un joven explorando sus primeros amores, pasó a ser un adulto con atrofia emocional. Y el Maestro pasó su mano derecha por su brazo izquierdo un par de veces, con enorme fuerza, como quitándose de encima una costra. Tomó de nuevo su celular, se puso los audífonos y puso la primera canción que le lanzó el reproductor. El Maestro se vio reflejado en aquel sujeto anónimo, quejumbroso y patético. Sabía que toda la historia la elaboró él mismo, pues realmente ninguna palabra salió con claridad de la boca del tipo sentado frente a él. Todo, absolutamente todo, surgió de sus pensamientos, de sus recuerdos, de sus vivencias. Se sintió profundamente ridículo.

04 febrero 2013

Días soleados


 Siempre nos acostumbramos a los días soleados. Claro, por estas tierras no es que abunden, la mayoría son nublados y algunos van acompañados de esa lluvia delgada que pareciera nunca dejara de caer.

Son más los recuerdos con días soleados que con lluvia. Cada vez que despierto y veo que los rayos se cuelan por los espacios que dejan las cortinas, recuerdo aquel día soleado.

Son los años noventa, década que parece extraída de la televisión que tanto vi. Pocas veces veía las calles llenas de gente, los carros se desplazaban con más agilidad que ahora, y las noches nos llenaban de temor. No me atrevo a asegurar que sea un primero de enero, podía ser uno de los muchos domingos que amanecían calientes. Despertaba por el calor encerrado en el cuarto, bajo las dos cobijas que he usado siempre. Boca abajo, apenas con los boxers puestos, sentía que el rostro estaba lleno de sudor. Siempre la sensación de confusión, de haber despertado en un universo paralelo donde podría, tal vez y solo tal vez, ser alguien. No cualquier persona, no, sino alguien de respeto. Alguien valioso para alguien más. Quitaba el cabello de mi frente, lo usaba largo y desaliñado, quemado, un asco. Antes de abrir los ojos percibía el exceso de luz, así sabía que nada había cambiado. Inevitable, dirigía la mirada al enorme ventanal de mi cuarto y veía casi en el centro ese disco luminoso incandescente. ¿Para qué levantarme de donde estoy? Tenía la certeza de saberme el libreto de memoria.

Aquel recuerdo no tiene escenas en movimiento, todas son fotos fijas, instantáneas de cada uno de los pasos y movimientos que iba dando. El sudor, el despertar, el cabello sobre la cara, la ventana. Y la última de esas fotos mentales el resplandor del sol.

Hoy mi ventana es ostensiblemente más pequeña que la de aquellos días. Ya no vivo en una casa, ahora es un apartamento en un quinto piso con vista a otros edificios. Pero cada vez que me encuentro ante un amanecer soleado, las fotografías vuelven a salir del anaquel de mi memoria y siento que el tiempo no ha trascurrido, me detengo a observar mi cuerpo, tan parecido al de aquellos días. Y por dentro me siento igual, con la pastosa sensación en la boca de ser un derrotado. El libreto sigue siendo el mismo. Puede que tenga algunos tachones y notas al margen, pero su base, lo esencial de la historia sigue siendo lo mismo. Como un eco en una caverna sin fondo la pregunta sigue rebotando en todas las paredes sin hallar un resquicio para salir al vacío. ¿Para qué levantarme? ¿Para qué?

03 febrero 2013

Eternidad


Una eternidad no dura para siempre, me soltó después de haberse tomado unas diez cervezas, fumarse un paquete de cigarrillos, y de haberme dejado el inodoro con largos rastros de sus meadas. ¿Acaso esperaba que me pusiera de pie y aplaudiera y le celebrara la frase como el aforismo que iba a cambiar el pensamiento humano contemporáneo? Honestamente, se debe esforzar un poco más en lo que de su cabeza sale, pues apenas escuché la frase sentí algo similar a un dolor ventral, como un gas atorado, como indigestión por excesos de comida, como una patada a mansalva. Y suelta esa frase y se me queda mirando con los ojos inquietos por la ebriedad, como mirando mis cejas o mi barbilla o seguramente mis tetas, como diciendo “si repito la frase tres veces, me las va a mostrar”. Fui destapando una cerveza más, para mí, para él, un cigarro para mí, y me di cuenta que no tenía nada más que decirle. No afirmo que la velada haya sido un mar de hipocresía, no es cierto, aunque al inicio fue un poco complicado todo. 

(Ver más en: http://palabrasflotantes.wordpress.com)

15 enero 2013

Idus de enero

Hoy no fue día de tenis, ni de fútbol. Alejandro prepara el almuerzo y yo me abandono al sopor de la televisión. Entre mis largos parpadeos me encuentro con un comercial de antitranspirantes. Nunca antes una axila habia sido tan sexual. El relámpago de un recuerdo me hace saltar de la cama y dirigirme a la cocina. Como poseído le comienzo a contar a Alejandro el recuerdo de la primera vez que robé. Usted ha hecho de todo en la vida, me dice mientras sofríe cebolla y pone a secar el arroz. He tenido tiempo, es lo que me diferencia de la mayoría. Pero cuando tuve exceso de tiempo y muy poco dinero, me iba al centro de la ciudad y entraba en uno de esos almacenes de cadena que se parecían más a una tienda de barrio. Un vigilante en la entrada, sin cámaras, sin detectores. Eran otros tiempos. Y yo llegaba con una enorme chaqueta color verde militar, sí, casi como la mierda de vegano, y mientras observaba cualquier cosa con mirada crítica (un tarro de aceite, jabón en polvo) me iba acercando a la sección de desodorantes. Ahí no me demoraba mucho. Tomaba el que siempre he usado, me iba a la sección de frituras empaquetadas y, mientras tomaba un paquete de papas fritas, deslizaba el desodorante por la manda de mi chaqueta. Y salía. Cuando tuve más conofianza, ya no compraba nada. Iba, tomaba el desodorante y salía. Como eran otros tiempos, eso ya se lo dije, yo no tenía dinero para comprar cidis, eran muy caros. Así que mi música la tenía -y aún al conservo- en cassettes. Pues bueno, a veces hacía un viaje completo de desodorante y uno o dos cassettes. Alejandro empieza a servir el almuerzo mientras yo sigo recordando la sensación de esos actos en mi tierna juventud. La primera, fue miedo, del que carcome los huesos y las entrañas. Después de la tercera vez -habré hecho eso al menos unas diez veces- nada me importaba. Saludaba y me despedía del vigilante y de alguna cajera que estuviera por ahí sin turno. La amabilidad siempre es una buena máscara para el crimen. Usted es bien descarado, me dice Alejandro mientras se termina el jugo. La comida como siempre, deliciosa. No es descaro, le digo, es justicia. Pargar por un desodorante lo que hoy cuestan dos almuerzos o por un cassette que hoy sería como cuatro pasajes de transporte, es absurdo. Claro, uno no necesita ninguna de las dos cosas para sobrevivir, pero sin los cassettes no hubiera podido conocer la cantidad de música que conocí y sin desodorante nunca hubierta tenido ninguna amistad. Son necesidaddes posmodernas, sobre eso es lo que se basa nuestro mundo hoy. Y usted lo sabe, Alejandro, que dependemos de lo que nos ponemos, de lo que nos aplicamos, de como nos peinamos. ¿Debería ir a la carcel por eso? ¿Es un crimen grave? Es un delito, claro, pero quien pierde es una entidad que ni siquiera sabemos en dónde queda. Es de esas cosas que parece que gravitara sobre nosotros. ¿Vio la gráfica que esta circulando de las cuatro o cinco compañías que son dueñas de todos esos productos necesariamente posmodernos? ¡Cinco! Y entrar a esos almacenes y pueden tener al menos doscientos productos diferentes. Y ni qué decir de las marcas. Usted se preocupa por muchas cosas, mano, me dice Alejandro. Me gusta su actitud con el robo pero se va estresando cuando lo ve como un complot. Usted es un Fox Mulder de la vida cotidiana, me dice. Me siento a reposar el abundante almuerzo en uno de los sillones de la sala. De nuevo se me cierran los ojos. Alejandro está arrobado en el computador jugando Need for Speed Hot Pursuit 2. ¿Ve lo que pasa cuando no salimos a jugar tenis?, le reprocho pero él no se da por enterado. Aparece en mi mente la axila sexual. Siento que tengo una erección, pero me quedo dormido.

12 diciembre 2012

Idus de diciembre

Honestamente, espero no llegar a los 50 años. Mientras estaba en la cocina preparando el almuerzo, me asomé por la ventana del patio de ropas y, observando a las personas en su cotidianidad, entendí que no quiero llegar hasta esa edad en la condición en que me encuentro hoy. ¿Qué condición?

Recuerdo cuando tenía como 15 o 18 años. La idea de envejecer, de la edad, de quién es mayor, no la tenía muy clara. Mis amigos, la mayoría, eran mayores pero se veían como yo. No me importaba si me llevaban dos o siete años. Fueron ellos los que me hicieron entender que esa diferencia era muy importante a la hora de delimitar los espacios y las relaciones. Aunque entendí, nunca me importó. Observando a la gente en la calle, como cuando me asomé ala ventana del patio de ropas, empecé a comprender cómo es que trazan los límites. Como te vistes, como te expresas, tu corte de cabello, tu condición social, tu estado civil. Hay otros que marcan más los límites. Por ejemplo, si te ves calvo, gordo, desaliñado, seguramente te tendrán por un viejo perdedor. Si te ves gorda, desaliñada, con el pelo revuelto, dirán que eres una vieja casada o separada, perdedora. Los hijos envejecen mucho. El trabajo envejece hasta los huesos. Todo lo podía ver en la gente que camina a diario por las calles y que veo pasar cuando salgo hacia ninguna parte. Y me sentí distante. A mis dieciocho años decidí que no me quería ver como ninguno de esos. 

El tiempo pasa, indefectiblemente, y hoy estoy en el tiempo de la gente que criticaba con ferocidad. Ahora la media la he movido unos años hacia adelante. Lo que pasa es que mi convencimiento es mayor debido a la acumulación de la experiencia. No quiero llegar a los 50 y tampoco desearía tener menos de los que tengo si me ofrecieran esa oportunidad. Ambas perspectivas realmente me enferman.  No tengo nada en contra con las personas particulares que conozco que tiene 50 o que tiene 20. Me enferma el momento histórico de esas dos generaciones. Aclaro que la mía no es mejor. 

¿Para qué nos quedamos en la vida hasta la vejez? Si seguimos la estructura de existencia que nos ha tocado, nos quedamos siempre por nuestra descendencia. Nos quedamos porque somos los únicos que podemos cuidar de nuestros críos. Lo curioso es que hoy los críos son despreciados, maltratados, abandonados, rechazados. Por eso no tengo críos. Si no los tengo ¿para qué me quedo en la vida hasta la vejez? La curiosidad y la sorpresa se van desgastando. Claro, hay cosas que aun mueven emociones, como algunas películas que salen y algunos libros que emergen. Pero abundan las películas vacías y los libros que pretenden ayudarnos. Es ridículo quedarme tanto tiempo en la vida viendo como el mundo se llena de gente despreciable y películas malas y libros aburridos. Claro, eventualmente nos enamoramos. Pero hoy en día está de moda decir que no se cree en el amor, así se le terminen abriendo las piernas a más de uno que ofrece sexo a cambio de unas cuantas caricias afectivas. Así se nos abran las piernas y digamos "esto es físico y pasajero". Nos hemos creído la mentira de que no sentimos. Y cuando sentimos nos hacemos miserables, porque no comprendemos nuestros afectos y no nos interesamos por comprenderlos. Si el enamoramiento ya no está de moda, ¿para qué me quedo en la vida hasta la vejez?

Creemos que las posibilidades de experiencias son ilimitadas, lo cual no es cierto. Lo que pasa es que ahora creemos que cambiar de color es una enorme variable o cambiar de marca es el cambio radical. Hoy creemos que si es Hugo Boss y Carolina Herrera, hemos encontrado la panacea de las variables. Y creemos, peor aún, que escoger entre uno o la otra puede hacer la diferencia para considerarnos mejores o peores personas. Por eso no puedo creer. Seguir así hasta los 50 me parece un exabrupto. Despertarme, bañarme, tender la cama, vestirme, revisar el correo, el Facebook, los periódicos virtuales, algún programa de televisión que me interese, salir, caminar, caminar, caminar, estudiar, trabajar, atender, responder, servir, aguantar, callar, odiar, escupir, maldecir, reír, abrazar, despreciar, huir, tomar el bus, caminar, caminar, caminar, abrir la puerta del hogar, lanzar gritos, llorar, cocinar, lavar los platos y las ollas, encender el televisor, encender el computador, revisar los contactos por el smartphone, charlar por el iPad, el iPod, anestesiarnos, acostarnos, tratar de dormir. Soñamos con que ganaremos la lotería, con que tendremos carro, con que tendremos PS3, con que tendremos todas las mujeres con que encontraremos el hombre de la vida, con que seremos exitosos, con que nos divertiremos mañana, con que conoceremos nueva gente, con que nos graduaremos, con que conseguiremos trabajo, con que follaremos, con que amaremos, con que no odiaremos, con que a nadie atropellaremos, con quien golpearemos, con que no nos esconderemos, con que huiremos, con que callaremos, con que dormiremos, con que soñaremos. 

¿Y?

Nunca me había puesto a pensar mi condición de hijo. Y creo que los filósofos no se equivocan. Lo único que realmente nos satisface es trascender. Y la mejor manera, o la más fácil o la más directa es por la vía de la descendencia. De ahí se desprenden o se cercenan las demás. No tener hijos es una decisión, pero puede llevarnos a un estado cuasi-vegetal, más si no podemos compartir nuestra soledad con la soledad de alguien más. 

Honestamente, espero no llegar al próximo mes.

15 noviembre 2012

Idus de noviembre

He visto el futuro:

Y la maldad es la dueña de las calle
y las vidas

Y las tormentas arrasan al mundo creado por los humanos

Y pequeños cuerpos intoxicados por la Red

Y los nuevos seres son despreciados

Y ya no suena una banda sonora para la vida

Y los cuerpos regurgitando información

Y los sentimientos se imaginan
y el sexo los concreta

Y enormes orgías en los centros comerciales

Y en las noches se sueñan sueños alquilados

Y el silencio es una especie extinguida

Y leer es para los imbéciles

Y escribir para los desadaptados

Y el pasado es una mina de oro

Y el futuro un delirio colectivo

Y los rostros están para ser destrozados

Y el odio es la política de los Estados
y el derecho de los ciudadanos

Y sobrepoblación y soledades

Y la Cruz que lacera posibilidades

Y los patíbulos atiborrados de vejámenes

Y los campos cercenados por la sangre

Y la muerte es diversión
y la diversión excita

Y todas las miradas se posan en el Horizonte

Y nadie sabe por dónde se oculta el sol

"Y empieza la tormenta de mierda"


21 octubre 2012

Empezar de nuevo

¿Saben?
Durante muchos años he llenado mi cabeza de ideas, también de lecturas y películas y charlas con una inmensa cantidad de gente con la que me he cruzado y he conocido y he olvidado. Y los que ya no están. Al principio, era un niño que me jactaba de mi conocimiento y seguramente lo hacía por demostrar ser alguien superior. Siempre terminaba humillado por esos actos de estupidez. Aún así, me estimaban, aún así me buscaban y me llamaban para que fuera a jugar Nintendo o Sega. Aún así me estimaban, me protegían, me respaldaban. En ese momento no lo comprendía, y ni siquiera me esforzaba por entenderlo. Es necesario el paso del tiempo para comprender las cosas desde la distancia. Por eso somos una raza que no es que no aprenda de sus errores. Nos demoramos mucho en aprender. Han pasado ya muchos años desde esos recuerdos difusos, casi traslúcidos. Y con las pocas imágenes que me han quedado he empezado a armar el rompecabezas de mi existencia. 

Cuántos errores he acumulado en mi vida... Pierdo la cuenta con facilidad. Pero también puedo afirmar que son muchas las cosas que he hecho y que le han brindado buenos momentos a esas personas que estuvieron y han estado por ahí, gravitando en mi mundo. No todo es malo en la vida, eso es una exageración. Claro, nunca olvido que vivir en estos tiempos es terriblemente más complicado que, por ejemplo, hace dos décadas. Pero, aún así, no todo es para botar y olvidar. Creo que es una insensatez pensar que los errores nos deben llevar a decir "no más", "todo se acabó", este es un final sin regreso". Porque si así fuera, seríamos como los libros. Aunque imaginemos cosas, nos llevan siempre al mismo lugar. No. Nuestras vidas las soñamos como libros escritos, de miles, de millones de páginas, pero es sólo eso: imaginar. Vivir es algo diferente. Es saber dar pasos hacia atrás, es pedir perdón y no cerrar la puerta, es reconocernos con nuestros defectos y no flagelarnos sino segur, cada mañana, dando otros pasos hacia adelante. Cuando tenía veinte años, trataba a las personas como libros. Se abren, se leen, si no me cautivaban los cerraba y los abandonaba. Y buscaba un nuevo libro. Estaba equivocado. Lo descubrí cuando realmente me puse a leer cientos de libros de todo tipo y ralea. Y me enamoré profundamente de algunas historias y las leí cinco, veinte veces. Pero eran la misma historia. Vivir es estar contando la historia permanentemente. Es escribir cada mañana, e incluso, cada noche cuando nos abandonamos al vacío de la mente o al trabajo de los sueños. Por eso no creo en los finales en esto que llamamos "vivir". Sólo hay un único final. Algunos otros, que aún respiran y se cuentan entre los que se expresan, les gusta crear el mundo más allá del mundo, la vida después de la muerte, el otro lado de este lado. Pero es eso. Escritura. Libros. Vivir implica reconocer y reconocerme como finito y estúpido. Y cuando recuerdo nuevamente esos dos elementos, de nuevo me doy cuenta que no me puedo desprender así no más de esas personas que han escrito en mi vida. Y que el punto final no termina nada. Tal vez signifique "silencio", "distancia", "indiferencia". Qué sé yo. Pero definitivamente un punto no termina nada cuando de vivir se trata. 

Pensando en todo esto, creo que se pueden hallar formas de empezar de nuevo. No desde cero. Sino desde las marcas que han quedado, desde los monumentos que se han erigido, desde los caminos que se han trazado. Y empezar de nuevo no es recorrer el mismo camino. Si nos pasa, es porque somos más que estúpidos. Por lo general empezar de nuevo es retomar un camino y continuar por esos parajes que no distingo. Claro, a veces miro hacia atrás pues la imagen de esa distancia nos recuerda los pasos que debemos evitar. No es fácil. A muchos nos pasa como a Orfeo, que al mirar hacia atrás nos desvanecemos en el baño de sol. Aún así, seguimos escribiendo, cada segundo, eso que no sabemos o que vamos reconociendo a medida que pasa. 

Creo que de ahí es que nace el dicho "nada está escrito en esta vida". Y no es para dejar abierta la ventada del relativismo ingenuo. Es para afirmarme en la postura que tengo frente a este pedazo de vida en este espacio-tiempo que me tocó vivir: siempre se puede empezar de nuevo. 

19 octubre 2012

De regreso

He estado pensando en regresar a la ciudad. Hace seis meses que no sé nada del Doctor. Lo último que supe fue que estaba en Tierra del Fuego y que había comenzado un taller suicida para el fin del mundo. Una idea genial, propia del Doctor. Durante ese tiempo me la he pasado acá, en La Vega, fabricando una vida nueva  o al menos diferente. Me cambié de nombre sin necesidad de cambiar de documentos. Realmente a nadie le interesa de dónde vengo, lo importante es lo que hago. Han pasado ya dos versiones del taller express para poetas sin versos, y abrí  un espacio recientemente en un bar que administra un viejo anacrónico, hijo perdido del Glam, para leer historias de ficción en un mundo excesivo de realidad. Quienes más asisten son señoras entre cuarenta y cincuenta años, casadas o separadas, con dos o cuatro hijos, que se acercan al taller o a las sesiones de lectura buscando escapar de ese mundo pesado y lento al que entraron en su adolescencia, deslumbradas por una vida sin aulagas, pero donde terminaron estranguladas por la sumisión. La mayoría son muy amables conmigo. Me traen frutas, verduras, incluso una me regaló diez libras de carne de cerdo, agradeciéndome por haberle prestado las Crónicas Marcianas. Hace tres semanas apareció una joven en el bar del viejo anacrónico, preguntando por las sesiones de lectura. Se le notaba que no era de acá. Destilaba olor a ciudad. Mientras que estábamos discutiendo la importancia de follar en los cuentos de Bukowski, la joven acercó una silla y se sentó a cierta distancia del círculo que conformábamos con las señoras. Parecía interesarle más el decorado del bar que el tema propuesto. Estuvo callada hasta el final de la sesión y creí que, apenas puestas las tareas y los ejercicios para la siguiente sesión, desaparecería tal y como llegó. Pero permaneció ahí, sentada, quieta, con las manos sobre sus rodillas, observándome cómo ordenaba las sillas. Cuando me disponía a irme, saltó de su silla y lo primero que me sorprendió fue su estatura. Era alta, incluso un poco más que yo. Estaba en sandalias. Su vestido era colorido y holgado, aún así, se descubría en ella un cuerpo lozano y firme. Eres de Bogotá, ¿cierto?, me preguntó con un tono de obviedad irrefutable. Quería saber si hacía este mismo taller allá en la capital. Por el momento no, le dije, estoy radicado acá. Su rostro se apagó por un momento, desvió la mirada al suelo y hacia la barra del bar, luego me miró a los ojos y me dijo que ojalá vuelva a la ciudad y que de abrir un espacio así, ella asistiría todas las veces. Su sonrisa permanente contrastaba con sus ojos, un poco caídos pero siempre brillantes. Le pregunté por su nombre y obtuve un número. Si vuelves, me llamas. Y salió casi corriendo del bar. Llueve. El agua se siente cálida sobre la piel. Hoy La Vega parece un pueblo abandonado. Camino hasta el hotel. Un número. Me conecto y encuentro un nuevo correo electrónico. El Doctor. Me cuenta que va de camino hacia Mato Grosso do Sul. Quiere abrir un taller de cuento para extraer almas de la naturaleza. Quiere ser un Arturo Cova de las selvas del Brasil. Quiere experimentar su propia vorágine. Adjunta un archivo. Indica que es un capítulo de una historia que quiere que escribamos a cuatro manos desde la distancia que nos separa. Le respondo que me interesa su idea. Y que quiero regresar a la ciudad. Una joven mujer me ha robado el alma, le escribo al Doctor, mientras sigo observando el número. No me importa, finalizo la respuesta, regreso a Bogotá. 

15 octubre 2012

Idus de octubre - Vida de carretera

Emprendimos hacia el sur. El Doctor siempre manejando prudencialmente. Afuera el clima era soleado. Abro un poco la ventana para que entre el aire tibio pero también para alcanzar a escuchar lo que me está contando el Doctor. Pocas veces quita la vista de la carretera así sea una línea recta hacia el infinito. Apenas de soslayo mira el radio y pasa la canción. Me quiero ir del país, me dice. Ya no lo soporto, Maestro.  Yo lo entiendo, le digo. Este es un país de mierda que poco nos aporta y nunca nos deja salir de nuestra miseria. El Doctor asienta. ¿A dónde se quiere ir?, le pregunto. Algunas sombras de árboles entran y salen del Renault 4 como queriendo cubrir nuestras palabras. A cualquier parte, seguramente siga más hacia el sur. Seguramente no hay talleres de escritura en Tierra del Fuego, allá le puede ir bien. Abro totalmente la ventanilla y enciendo un cigarrillo. No quiero que el humo le moleste al Doctor. Viajamos varios kilómetros en silencio, acompañados por The Mars Volta y el sonido de la brisa. Al Doctor ya lo había visto antes en actitudes determinadas. Pero esta vez es diferente. Sigue mirando al punto más distante de la carretera. Me cuenta un sueño que tuvo anoche. Se vio a sí mismo en una enorme planicie, tal vez en el Perú, tal vez en Chile, en algún país que reciba malnacidos como nosotros, me dice. Viviendo en una finca, nada ostentoso, apenas con lo necesario, y con un cultivo de algo. De coca en Perú, eso lo sostendría por toda la vida, le digo. Me mira golpeado. En un lugar así quiero vivir, me dice. Yo no puedo con el campo, le digo. Tanta naturaleza termina por ponerme neurótico y apático. Yo necesito la podrida ciudad. Una llovizna de tierras cálidas se cuela pero no nos importa, hay mucha humedad en el ambiente y sudo como un cerdo. Hace una semana el Doctor salió de viaje por dos días y nunca me contó de su paradero. Yo me dediqué a escribir unos minicuentos pornográficos y a leer un poco de Bataille. Caminé por La Vega, recorriéndola de lado a lado en la noche. Llevaba el iPod del Doctor y, mientras escuchaba Amanda Palmer, miraba las montañas que rodean al pueblo. Tanta quietud me puso nervioso. Cuando regresó me mostró dos libros nuevos que había conseguido. Uno de Bulgakov y otro de Auster. Además llegó con una maleta cargada de ropa nueva. Yo llevo usando lo mismo desde que salimos de la ciudad. Esa tarde fuimos a jugar un rato tenis y nos divertimos y sudamos hasta caer agotados. La Señora no volvió. Al parecer no soportó el clima y las picaduras de los zancudos. Maestro, hay que salir del país, me dice. En la primera ciudad que paremos saco el pasaporte, le digo. ¿Qué país quiere visitar?, me pregunta el Doctor. Seguramente termine algún día de mi vida en Argentina, le digo, tiene algo que me llama la atención. ¿Que está lleno de colombianos? Nos reímos a gusto. No, allá nadie me conoce. A usted nadie lo conoce, Maestro. El atardecer es brillante y el asfalto bulle por el calor. Paremos en el próximo pueblo, le digo, necesito quitarme esta sensación de pegajoso. La verdad, no me imagino en ninguna parte, le digo, tomando al Doctor por sorpresa. Si usted sigue hacia el sur, seguramente yo volveré por donde nos vinimos. Usted no sabe manejar, me dice. Si es el caso me devuelvo a pie. Antes de estacionarnos frente a un hotel que vimos cerca al centro del pueblo, me invade el desasosiego. Seguramente esta noche volveré a tener pesadillas. 

07 octubre 2012

Muerte

Mucha tinta se ha invertido en descifrar los misterios de la muerte. La frontera que la humanidad siempre ha intentado descifrar por muchos caminos. Un secreto guardado. La primera vez que tuve conciencia de la muerte tendría doce años. Fue en el entierro de mi abuela materna. Somos seres finitos, tenemos un límite en nuestra existencia. Es extraño, parece que en el camino lo olvidamos. Todo indica que pensarlo podría llenarnos de amargura, pero creo que saberlo nos puede brindar una mejor perspectiva de lo que debemos hacer. Eso no le quita el dolor que nos produce. Y está bien, hay que vivirla cuando deja de existir esas personas que han sido importantes, significativas, con quienes hemos compartido vivencias. Aunque unos se van más pronto que otros, aunque algunos sufren y otros no tanto, contemplar la finitud nos enfrenta a evaluar las decisiones que tomamos, las palabras que decimos. Y hay muertes que dejan marcas profundas a los que aún seguimos con vida. Nos confronta con la vida que llevamos, con nuestras reacciones ante ciertas circunstancias que creemos son determinantes. Estoy convencido que la única y más grande determinación es el dejar de existir. Fuera de ésto, lo demás se puede revertir, revisar, considerar, reflexionar, reinterpretar, acomodar, mejorar. Mientras que estamos con vida, no hay un final. Hay distanciamientos, hay silencios, hay indiferencia, pero nada de eso puede ser considerado un final. El único final es ese momento donde todo se apaga, el último fundirse a negro. La última escena. Mientras tanto, la película sigue rodando y día a día seguimos escribiendo las escenas de nuestra obra teatral. Algunas quedarán inconclusas, pero solo podremos decir que se han acabado cuando nosotros, los actores, dejamos de hacer parte de ella. El secreto de la muerte no consiste en averiguar en qué consiste, sino en desentrañar lo que nos puede enseñar mientras nos llega el momento. Por eso le creo a Sartré. La muerte es parte de la vida, no son dos momentos diferentes y diferenciados, son un mismo universo. Podría detenerme a contar las varias experiencias que he tenido con la muerte de familiares y amistades, pero no creo que aporte mayor cosa a las palabras que acá estoy dejando. Cada quién tiene que vivirla a su manera. 

Como siempre los temas nos llegan por experiencias o recuerdos o por cosas que nos enteramos. Hace mucho tiempo -no recuerdo si ya lo mencioné- estuve en el demencial mundo de la Psicología como estudiante de pregrado. Demencial porque jamás me imaginé lo que allí podría encontrar. Pero de los hallazgos invaluables fueron las clases de un profesor  simplemente le decíamos Larreamendy. Ustedes han sentido esa fascinación de escuchar a alguien que expresa su conocimiento de forma sencilla, casual, muy viviencial, muy cercana. Eso me pasaba en las clases del profesor Larreamendy. Y me dejó muchas inquietudes para irlas reflexionando en el transcurso del tiempo. Hoy me enteré que ha muerto. Y tener conocimiento de esa noticia me hizo recordar sus clases y sus gestos, el estar en el salón de clases con sandalias y una taza de café, que siempre llevaba con él. Sin ser pretencioso -pudo serlo, pero no era su interés- nos quería convencer de que el conocimiento estaba ahí, en nuestra vida diaria. 

La muerte, tarde o temprano, a todos nos llega. Ese es el verdadero fin final. 

05 octubre 2012

Los guardianes de los espacios vacíos (II)

No es tarea fácil esta de dar cuenta de las características o rasgos esenciales de un guardián de los espacios vacíos, más aún cuando sus posibilidades de metamorfosis son casi que ilimitadas. Pero no por eso debemos dejar de hacer esta tarea por si usted, quien lee estas líneas, se lo encuentra de frente y no sabe cómo reaccionar. Hay que aclarar que no basta con que se cumpla una o algunas de las pocas condiciones, muy seguramente si usted se siente relacionado o identificada con alguna puede que no sea un guardián o una guardiana, pero corre el riesgo de estar en ese nefasto camino.

1. Un guardián de los espacios vacíos es, ante todo y por antonomasia, territorial. Defenderá su lugar, así no sea suyo. Esto tiene una razón de ser que luego mencionaré.

2. Dado lo anterior, será una persona desmesuradamente competitiva. Y no va en búsqueda de reconocimiento, va en búsqueda de lucro a toda costa.

3. Es de pocas frases, por lo general mal articuladas. Su léxico se reduce a cosas tales como "Aquí no es", "A quién necesita", "No es mi deseo interrumpir", "Me puede colaborar", "Ya canceló el precio", "Yo llevo más que usted", "Llegué primero", "Puede retirarse de acá".
 
4. Padece de una insensata bipolaridad que se debate entre la candidez de la imposición y la violencia del rechazo. Se acerca con palabras afables y sonrisa amplia, pero si es rechazado, enfilará toda su ira y sus insultos para demoler a su enemigo, ese que lo ha rechazado.

5. Cree que debe ser escuchado por sobre todas las cosas. Y no es que tenga algo importante qué decir. Lo que pasa es que necesita la atención de los demás pues de ello depende su sustento económico.

6. Jamás se preocupará por saber más de lo que necesita. Funcional, pragmático, contundente.

7. En algunos casos, está respaldado por lo que se puede llamar un poder superior, de carácter no divino. No sabremos qué o quién es ese poder, pero seguramente lo invocará para demostrar que es un privilegiado.
 
8. Son convenientemente colaboradores. Extenderán su mano para ayudar a cruzar la calle a la viejita, pero al otro lado la agarrarán con fuerza para que suelte unas monedas (lo ideal, unos billetes).
 
9. Si se les pregunta algo fuera de su contexto no responderán. Son hábiles desenvolviéndose en ese espacio que han escogido (ver punto 1), pero así mismo serán profundamente ignorantes en lo que tiene que ver más allá de sus narices.
 
10. Caminan por las calles con falta de determinación, dubitativos, cíclicamente, erráticamente. Como saben que no van a ninguna parte, no saben con exactitud cómo hacer para disimular su insensatez.
 
11. Regalan cosas, por lo general lo que llevan o lo que fabrican. Luego, lo cobran.
 
12. Tiene la claridad de defender su espacio de quienes no petenecen a éste. No tienen la menor idea del por qué.
 
13. Creen ser los sucesores de los dueños reales de los espacios. Este es el aspecto más notorio de un guardían de un espacio vacío.

14. Consideran, con su característico poder de convicción (mezcla de arrogancia y violencia) que, donde pisan, colonizan.
 
15. Hacen maromas, miran con desprecio, amenazan verbalmente, maldicen constatemente, sonríen hipócritamente, dan la mano para atrapar la muñeca, toman del hombro para obligar a entrar, saludan con confianza para cobrar con desconfianza, prometen y nunca cumplen, cumplen cuando están respaldados por otros guardianes o por el poder superior que los acoge y protege (un poder de carne y hueso).
 
Si se detienen a pensarlo, cada vez son más, por lo general agolpados en esquinas o en cuadras enteras, por las acercas o entre los carros cuando el semáforo está en rojo. Pero también allá donde nadie parece regir, ahí surgen, espontáneamente, con un uniforme, con gorra, con caseta, con puesto de trabajo, con espadas y alcohol. Prácticamente todos hacen el ridículo, pero hay una plena dignidad en ello. Profundamente religiosos de sectas que no comprenden. Rezan y golpean. No hay empate: ellos siempre ganan. Siempre. Vigilan pero no cuidan sino sus intereses personales. Se unen en la injuria, se dividen por el dinero. Si logran observar con detenimiento a los ojos de los guardianes, notarán que no brillan; de suceder, será por líquidos externos.
 
Son altamente burocráticos aunque afirmen que detestan todo lo que les suena a "políticos", "politiquería" o "educación". Son conservadores de tradiciones ancestrales como los refranes, la enseñanza del ejemplo y el castigo negativo. Intentan estar a la moda (todo es "Hecho en China") y procuran ser disimuladamente mojigatos.
 
Los guardianes de los espacios vacíos cuidan lo que no les pertenece como si fuera una herencia familiar.
 
Los guardianes respetan a sus patrones pero desean verlos muertos.
 
Los guardianes envidian lo que ustedes tienen.
 
Los guardianes son hijos bastardos de la Oportunidad y del Progreso.
 
Los guardianes de los espacios vacíos de observarán si no te pareces a ellos. Y serás su víctima.


Los guardianes nos vigilan





03 octubre 2012

Enfermedad

Si mi memoria no me engaña, la primera vez que estuve enfermo fue cuando me dio varicela, por allá a mis siete años. No me impresionó cuando me iban saliendo ronchas y pústulas que lo que hacían era fastidiarme. Al cabo de dos días estaba restregando mi cuerpo sobre toda superficie rugosa para poder calmar esa molestia intensa que me provocaban. Mi madre me decía que si seguía haciendo eso me iban a quedar marcas horribles por todo el cuerpo. Yo me hacía el desentendido. En algún momento desaparecieron y para mi suerte fueron pocas las marcas que me quedaron. La siguiente vez que recuerdo con claridad, lograron asustarme. Me hablaron de unos bichos, pequeños muy pequeños ellos, imposibles de erradicar, "tienen que convivir por siempre" me dijeron, debía estarlos controlando porque si me descuidaba se me podían subir de las tripas al cerebro y se comerían mi materia gris. Seguramente tuve ganas de llorar al escuchar esa historia. Lo peor es que me la imaginaba porque esos malditos bichos me hacían retorcer del dolor en las tripas. Maldita sea este cuerpo, pensé.

Tiempo después, la típica vida de adolescente: golpes, morados, raspaduras y una que otra luxación, un tobillo, una muñeca. Una férula que poco me dura puesta pues me pica y recuerdo la varicela. Sentía un placer morboso al coleccionar cicatrices. Detestaba sus curaciones, pero me enorgullecía las marcas que fueron quedando. Círculos de piel clara, líneas con cierta profundidad en mis piernas. Una que tengo en un tobillo me la propinó un amigo jugando fútbol. Es el único recuerdo vivo que tengo de él. Murió hace muchos años. Cada vez que observo esa delgada línea blanca que me dejó recuerdo cuando, por primera vez en mi vida, él me llevó al centro de la ciudad en bus, tal vez a mis once años. Creí que me iba a perder pues no comprendía en qué parte de la ciudad estaba. Pero él me decía que no me preocupara de nada. Siempre me respetó, hasta el último de sus días. 

Los bichos iban y venían. El doctor tenía plena razón: es cuestión de convivencia. 

Como me la pasaba gran parte del tiempo en la calle, aguantando soles caniculares y lluvias torrenciales, en uno de los soleados, de mañana a tarde, empecé a sentir que mi cuerpo ardía desde adentro. Era una sensación insoportable porque nada podía hacer. Me bañaban varias veces en agua fría y la sensación continuaba. Luego, mi piel empezaba a enrojecerse y a cuartearse. El dolor. En la mitad de la noche sentía mi cerebro flotando en gelatina. Mareo, algo parecido a estar en una piscina, pero con la molestia de la insolación. Hasta que llegaba el alivio. La sangre empezaba a fluir por mi nariz, descontrolada, abundante. La imagen era algo desconcertante pero la sensación era placentera. 

Los tiempos de salud eran largos, así que siempre olvidaba lo que era estar enfermo de cualquier cosa. Hasta que un día llegó a mí un nuevo dolor. Se parecía a los días de insolación, pero era más fuerte, en un lugar preciso. Era desesperante e incontrolable. ¿Han sentido ustedes un gancho caliente que se ensarta detrás del orbicular izquierdo y sienten que quiere arrancar el ojo desde el fondo como hacia la nuca, mientras el hemisferio izquierdo a la altura del occipital es perforado por muchas agujas? Mientras que todo esto pasa, los sonidos y la luz irritan hasta hacer doler la piel de todo el cuerpo. Había entrado en el nauseabundo mundo de la migraña.

Claro, hasta ese punto, muchos fármacos y muchas cremas habían desfilado por mi cuerpo. Pero en este punto empecé a acercarme a otros elementos que me generaban una tranquilidad falsa pero placentera. Y cada vez que sentía el amanecer de ese dolor insoportable, buscaba tomarme dos, tres, cuatro de esas pastas esperando que mitigara el surgir de ese dolor que me dejaba simplemente tendido en el lugar donde estuviera. 

Y llega el día donde se hacen mezclas de fármacos para poder acelerar sus efectos, generando todo tipo de extrañas alucinaciones y letargos. Y todo parece tener solución en la farmacia: cápsulas, ampolletas, grageas, cremas tópicas, inyecciones. 

Pero como todo en la vida, nos hacemos inmunes. Las dosis aumentan y la satisfacción no llega. En mi caso, he optado por sobrellevar el dolor de las enfermedades cuando aparecen. Otros prefieren seguir llenándose de cuanto antibiótico encuentran en la calle. El instante de la enfermedad es cuando descubrimos lo demasiado humanos que somos. Nuestras enfermedades las callamos porque parece que nos degradan. Es un momento íntimo de nosotros mismos con nuestras desgracias. Muy pocas personas están dispuestas a acompañarnos en esa oscura travesía. Pero de suceder, ya sabemos con quién podemos contar. 

¿Por qué este tema en un día radiante y hermoso?
Porque estoy enfermo.

Aprecien lo que hay adentro...