Las experiencias con la muerte nos las han vendido de una manera hollywoodense y eso me incomoda, me irrita. Que si no es con un rayo, un coma, muerte cerebral o cosas similares, no es vivencia.
Si recuerdo claramente un concepto que aprendí en mis días de la psicología es el aprendizaje vicario. Si no saben que es eso, no me jodan , pregúntele a Google que él les responde mejor que yo.
De ese tipo de vivencias han sido varias las que he tenido referente a la muerte. Dos amigos, dos abuelas, una madre. Extrañamente hoy he sentido un fuerte impacto con la muerte de alguien que no conocía, que no sabía su nombre ni su procedencia, lo que llamamos una perfecta desconocida. Pero ver aquel cuerpo inerte, con esa estela de sangre a su alrededor, que cayó de un octavo o décimo piso, fue para mí impactante y tal vez revelador. La fragilida de la vida y el inmenso reino que es la muerte. No sé su nombre, su edad, su procedencia, sus gustos musicales ni sus fobias. No conocí su color de ojos ni lo que estudiaba. Nunca escuché su tono de voz ni los dedos de sus manos. Pero vi su sangre, roja escarlata, su inercia, su postura de caída. Se veía joven, tal vez no pasaba de 22 años, mujer, de cabello castaño oscuro, con ropas que podían hacerla ver sensual, panmtalones ajustados y una camiseta que no le cubría el abdomen.
Muerta, inerte, sanguinolenta.
Qué frágil es la vida humana. Qué arrogante son los humanos que creen que van a ser inmortales. Que imbéciles son los humanos que consideran que sin invulnerables. Qué ira la que me produce el discurso de los humanos que creen tener el control.
Ocho pisos, un golpe contra el suelo y nada más.
Sigo pensando, conforme a los argumentos de Jean-Paul Sarte en su libro el ser y la nada, que la muerte hace parte de la vida, es vida misma. La experiencia de la muerte hace parte de eso que llamamos vivir, no es un otro lado ni es un más allá. No, es vida. Si así lo asumo, comprendo y no me desespero. Si lo asumo de otra forma, pierdo la noción de sentido y se borran los horizontes.
Morir es, definitivamente, mucho más fácil que vivir.
Si recuerdo claramente un concepto que aprendí en mis días de la psicología es el aprendizaje vicario. Si no saben que es eso, no me jodan , pregúntele a Google que él les responde mejor que yo.
De ese tipo de vivencias han sido varias las que he tenido referente a la muerte. Dos amigos, dos abuelas, una madre. Extrañamente hoy he sentido un fuerte impacto con la muerte de alguien que no conocía, que no sabía su nombre ni su procedencia, lo que llamamos una perfecta desconocida. Pero ver aquel cuerpo inerte, con esa estela de sangre a su alrededor, que cayó de un octavo o décimo piso, fue para mí impactante y tal vez revelador. La fragilida de la vida y el inmenso reino que es la muerte. No sé su nombre, su edad, su procedencia, sus gustos musicales ni sus fobias. No conocí su color de ojos ni lo que estudiaba. Nunca escuché su tono de voz ni los dedos de sus manos. Pero vi su sangre, roja escarlata, su inercia, su postura de caída. Se veía joven, tal vez no pasaba de 22 años, mujer, de cabello castaño oscuro, con ropas que podían hacerla ver sensual, panmtalones ajustados y una camiseta que no le cubría el abdomen.
Muerta, inerte, sanguinolenta.
Qué frágil es la vida humana. Qué arrogante son los humanos que creen que van a ser inmortales. Que imbéciles son los humanos que consideran que sin invulnerables. Qué ira la que me produce el discurso de los humanos que creen tener el control.
Ocho pisos, un golpe contra el suelo y nada más.
Sigo pensando, conforme a los argumentos de Jean-Paul Sarte en su libro el ser y la nada, que la muerte hace parte de la vida, es vida misma. La experiencia de la muerte hace parte de eso que llamamos vivir, no es un otro lado ni es un más allá. No, es vida. Si así lo asumo, comprendo y no me desespero. Si lo asumo de otra forma, pierdo la noción de sentido y se borran los horizontes.
Morir es, definitivamente, mucho más fácil que vivir.





